Conocí a Verónica de un modo fuera de lo común, incluso como en una escena de una novela, pero una novela poco común. Yo caminaba por la avenida completamente sumido en mis pensamientos. Entonces ocurrió que la vi con el rabillo del ojo. Casi estuve a punto de pasar sin advertir nada. Ella se había detenido junto a un hombre viejo y ciego que pedía limosna sentado en un banco. Verónica se encontraba acuclillada a su lado y cantaba una canción casi en su oído. Y su voz era tan terriblemente dulce que me arrancó de mis pensamientos superfluos y capturó mi atención. La inercia de mi marcha mecánica me empujó sin embargo todavía unos metros más, y cuando me detuve fingí ponerme a ver una vidriera. Me quedé un minuto escuchando ese canto que era como de un ángel y decidí a acercarme. Cuando terminó el canto pedí disculpas por haberme colado en ese espectáculo privado y me presenté. Luego se presentó el hombre (se llamaba Lorenzo) y finalmente Verónica.
Charlamos los tres animadamente durante un rato. Éramos tres desconocidos, pero parecíamos buenos amigos que se hubieran encontrado de casualidad en la calle. Lo cierto es que antes de partir me animé a pedirle su correo electrónico y así nos mantuvimos en contacto.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario