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La vida es un fenómeno disidente.

Creo que escribir a veces ayuda a aliviar el peso de lo que parece imposible de entender.
No me refiero a los grandes interrogantes colectivos, si no a las pequeñas inquietudes personales de donde la vida nace y en donde puede también terminar.

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domingo, 21 de febrero de 2010

Gárgola

Hacíamos el amor como dos mariposas enfurecidas o como dos pequeños huracanes encendidos. Entonces te detuviste conteniendo el aliento y miraste en derredor asustada. Yo sonreía tendido en la cama y cuando intenté tomarte del hombro para traerte nuevamente a mi lado te paraste exasperada y fuiste a la cocina. El día se había puesto inesperadamente oscuro. Desde el umbral te vi revolver los cajones hasta encontrar un cuchillo. Advertiste que te miraba y no quisiste dar explicaciones, por eso abriste la ventana y desplegaste tus alas para escapar hasta perderte entre las nubes.

Necesitaba caminar para aclarar mis ideas. El parque estaba casi vacío pues el cielo se caería en cualquier momento. Sos una mujer con alas, bella como una luna en el agua, dulce como la caricia del sol con los ojos cerrados. Tu risa son las estrellas. Y me pregunto qué soy dentro de tu historia de lucha contra fuerzas que no conozco. Lo oscuro se relaciona con vos oscuramente. Y cuando volvés del encuentro con lo sin nombre siempre veo el esfuerzo de tu mirada por encontrar otra vez el camino hacia lo cotidiano, que es adonde yo aguardo. Pero tus ojos están cansados y la comisura de tus labios parecen pesadas de cierta tristeza, como si en tu excursión hubieses tenido que matar a un ser querido como un viejo amigo. Y si quiero hablar de eso te enojás, y si insisto me mirás del modo más terrible que existe en el mundo.

El viento era fuerte. Decidí pararme y antes de echar a andar miré hacia lo alto de los edificios. Cuando llegué a casa empezaban a caer las primeras gotas. Te encontré preparando la cena y cuando me viste te secaste las manos con el repasador y me sonreíste con una finísima dulzura. Yo hurgaba tus facciones con la seriedad de un taladro y esta vez tu sonrisa no tuvo el efecto de siempre. Entonces seguiste con tus labores y yo me senté en el sofá y prendí la televisión.

Nunca habíamos cenado en silencio. Mientras lavaba la vajilla tomé la decisión de hablarte, preguntarte al fin por el motivo y el destino de tus viajes. ¿A quiénes visitás con un cuchillo en la mano y el rostro lúgubre y duro como una gárgola? Necesitaba echar un torrente de luz sobre el vacío más oscuro de tu mundo.

Entré al cuarto preparado para discutir largamente; la pared estaba abierta y las cortinas flameando.

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