Cuando dejé pulular las visitas algo pasó. Desde el rincón salió eso, se arremolinó entre las patas de la mesa y las sillas y desembocó en una fuente. Nadie lo esperaba pero los cantares empezaron a surgir. Fueron miles de olas que al unísono entonaron los colores para luego caer como el sol de la tarde que cae detrás de las fuentes. O como sacudir una sábana y detenerse en la espera de que caiga otra vez así, tan plana y tan libre de olas.
En el pueblo la cosa no era diferente. Derretida, deshecha, esparcida, grande; la cosa descansaba por fin y el pueblo recibía luces. Los árboles pintaron manchas en el aire, los bancos también de las plazas. El sentimiento común era de gran aquiescencia, el pueblo respiraba por sí mismo.

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