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La vida es un fenómeno disidente.

Creo que escribir a veces ayuda a aliviar el peso de lo que parece imposible de entender.
No me refiero a los grandes interrogantes colectivos, si no a las pequeñas inquietudes personales de donde la vida nace y en donde puede también terminar.

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jueves, 14 de mayo de 2009

Basilio nació con problemas en la visión, de modo tal que no podía distinguir más que grandes rasgos de luz y de oscuridad. No percibía contornos, pero sí podía diferenciar un lugar iluminado de un lugar a oscuras. En su campo visual, reconocía si la luz venía de arriba o de los costados, si era fuerte o tenue, blanca o de colores. Impedido de sacar gran provecho de estas habilidades, se manejaba por la vida prácticamente como un ciego.

Y así fue hasta los veintisiete años, cuando ocurrió algo decisivo. Estaba sentado en el banco de una plaza simplemente disfrutando del sol de una mañana de otoño, su bastón blanco apoyado a un costado, cuando la voz de un niñito recién salido de la escuela lo golpeó desde la derecha. “Señor”, dijo, y Basilio volteó hacia allí y abrió los ojos. Lo primero que vio en su vida fue a un escolar de unos diez años que lo miraba atentamente, parado inmóvil con su uniforme de escuela, las mejillas rojas por el frío, la bufanda cubriendo la pera, el flequillo escapando por debajo del gorro de lana. “Mi nombre es Joaquín, soy alumno de su madre. Quería saber cómo sigue de salud”.

Cuando el niño se fue Basilio se levantó y caminó hasta la fuente. Lo hizo con los ojos bien abiertos, aunque torpemente y todavía empuñando y sacudiendo el bastón. El mundo se le entraba por los dos agujeros desnudos igual a como el agua de una pileta se precipita por el desagüe. Lo ahogaba el vértigo de que el líquido rebalsase a través de la nariz y los oídos, y acaso la presión hiciera estallar la cabeza. De hecho las sienes comenzaron a dolerle tanto que tuvo que agacharse y se tomó la cabeza entre las manos. Allí dentro terribles corrientes se sacudían y golpeaban contra las paredes.

Y cuando lo poco que quedaba vacío se llenó definitivamente, entonces volvió la calma.

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