Los primeros instantes después del Big Bang fueron de pura expansión, pura energía en su proceso de desarrollo ilimitado. Pero inmediatamente luego se agotó aquella inercia y la energía intentó emprender el viaje de regreso. ¡Y he aquí el suceso decisivo! Ocurrió que los caminos por donde se había avanzado hasta ese punto se encontraban irremediablemente borrados. ¿Por qué vías era posible volver? Ninguna respuesta podía funcionar de antemano. La energía comenzó a retorcerse en la búsqueda de pequeñas vías por donde conducirse hacia ‘alguna parte’. Es así que se formaron las primeras partículas de materia. Eventualmente aparecieron los átomos, la vida, el ser humano.
No somos otra cosa. También nosotros padecemos de una energía sin riendas que se desborda hacia lo ilimitado, y de otra energía regulada que se conduce por caminos creados ex nihilo, forjados y reforjados en incontables palimpsestos en forma de mamotretos inabarcables, con estratos tridimensionales y ambiguos. Somos un ramillete estallado de trazos en donde está escrita la historia de un viaje, el mapa de los derroteros que han conducido al presente, somos memoria.
Volver a vivir es desafiar la arquitectura de esos caminos renovando la tensión de cuyo seno nacieron, inundando las pasarelas con torrentes de energía. Una fuerza intentará que nada desborde confirmando a la estructura en su capacidad de contenerlo todo, pero la energía indomeñable insistirá en anegar lo construido desatando lazos y borrando las huellas.
Ambas fuerzas parecen perseguir lo mismo: alcanzar la nada de donde surgieron. La una agotándose en un horizonte de entropía, la otra regresando por caminos secundarios, nunca escritos.

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