Tengo apetencias, es cierto, pero no quiero ceder a ellas como un niño. Me abofeteás con una indiferencia burdamente fingida y yo me esfuerzo por no caer en ese pozo, aleteo confundido como un colibrí exhausto en arenas movedizas. Quedo siempre entonces semisumergido en ese complejo caldo nutricio de encantadores pequeños gestos de rechazo. Tu cuerpo me convoca cuando pasa, me nombra con las puertas abiertas, me encañona y me recusa fastidioso, me dice “no era para vos”. Sacudo mi cabeza e intento romper el encantamiento, abrir los ojos a un mundo más sensato. Con burda y fingida indiferencia te hablo pero mi cara está blanca como un cuerpo muerto, y vos sabés que podés comenzar a enroscarme en tus tentáculos de araña y guardarme para comerme luego.
Tengo apetencias de novela trágica, de mosca pegoteada en las fauces de una flor carnívora pero qué irresistible aroma, qué irresistible néctar y qué dulce acercarme despacio abrazando la muerte como si fuese otra cosa, una fragancia empalagosa y fermentada. Despertar cuando la sonrisa boba se ha trocado en angustia, incrédulo y suplicante, devorado. Y mirándome las manos entregarme a la inmensa alegría de no ser una mosca, y verte pasar a mi lado y que tu cuerpo me llame y frotarme las patas mientras me río.
Tengo apetencias pero no quiero entregarme porque también tengo otra cosa, tengo un deseo puntiagudo que se ha insuflado en mi carne y me ponzoña y me grita, y me tira de los bigotes para delante y me pregunta “¿quién sos vos?” Y ya no sé si soy tuyo o qué, no sé si soy lo tuyo, no sé qué soy. Ya no sé si debo quedarme a que me sobes el lomo o arrancarme del corral de tus señuelos para estallar hacia lo verde del mundo. Colmarme de caminos para buscar otra cosa, otra cosa distinta: lo que yo soy.
Y sucede que andando por altas galerías me pierdo, quedo huérfano y acuclillado y otra vez me apetecen tu cuerpo y tu fragancia y tus caricias equívocas y tibias, y entonces me derrumbo de lágrimas y navego por un río salado hasta tragarme en un mar inmenso sin brújulas. Pero no quiero entregarme a la apetencia y me detengo. Desenfundo los remos y me abandono a un viaje desconocido de donde nunca vuelvo igual que antes. Y cuando ya sucumbí y renací miles de veces encuentro que me acompañan miles de palabras que se han pegado a mi carne como mosquitos en el parabrisas, miles de palabras que hablan para decirte cosas, para encontrarte, para alcanzarte. Y alcanzarte con palabras no es lo mismo que antes, es otra cosa. No es un volver de babosa ciega que se arrastra hacia el calor de la brasa. Es un volver de pie y con ojos, es un volver más sosegado y lleno de bastones. No es un volver que dice sí con cada palpitar ciego de los órganos y el pecho que se abre. Es un volver que dice no y de todas formas no muere.

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