Quise entrar en la plaza y no pude. Reculé, caminé por la vereda. Vi el anuncio de una gaseosa en la parada de colectivo; sus colores me abofetearon. Entonces lloré.
Un enorme aguaribay vino a mi rescate. Me arremoliné en sus hojas y chamusqué una ramita para sentir el olor picante. Algunos plátanos trataban de abrazarme desde los costados, sus ramas desnudas se retorcían de palabras. Los miré derrochando angustia y me dijeron que todo estaba bien.
Caminé hasta perderme en la avenida y me hice pequeño. Los árboles suspiraron deseándome buena suerte. Le dijeron al viento que siempre van a esperarme.

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